Poemas eróticos

Artículos «No solo le abras las piernas» y «Cógetela»

«No se trata solo de abrirle las piernas, cogértela y venirte, ¿Qué caso tiene hacer eso? Tienes que hacerla sentir especial, hacer que te piense todo el día, que tenga fantasías sexuales contigo, que te desee tanto, que se moje con tan solo pensar en ti.

No abras solo sus piernas, conócela primero, consiéntela, escúchala, hazla sentir especial y antes de abrir sus piernas abre su alma. Haz que se sienta segura contigo, que deje sus miedos y así pueda mostrar lo mejor de ella, que no tenga miedo de mostrar su lado más perverso o de contarte sus fantasías, complácela cuando te las diga, háganlas realidad no solo disfrutes tú primero, asegúrate que ella también disfrute.

Hazle el amor, penétrala, provócale orgasmos, juega con ella, hagan cosas sucias o divertidas y mientras la penetras acaríciala, no solo te muevas como una máquina, ella debe de sentirte siempre, y cuando esté en su punto máximo de excitación susúrrale al oído lo mucho que la quieres y cuanto disfrutas estar con ella eso les encanta. Se diverso, romántico, cursi, salvaje, dominante, sumiso, sorpréndela siempre con algo distinto.

El secreto está en hacer lo que te gustaría que hicieran por ti, consiéntela y cuídala, por qué sabes; tal vez no estés siempre a su lado, pero te aseguro que ella nunca te va a olvidar y aunque lo haga con otros hombres nunca te sacará de su mente.

Porque cualquiera puede abrir de piernas y cogerse a una mujer, pero yo prefiero abrir su alma y hacerles el amor de mil maneras».

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«Cógetela»

«Cógetela, como quieras, donde quieras cuando quieras; dile zorra, puta, perra; déjense marcas: rasguños en la espalda, nalgas rojas, chupetes en el cuello, sexos lastimados, muñecas marcadas, cuellos apretujados, labios sangrados, cuerpos adoloridos.

Sexo anal, vaginal, oral, en cuatro,69, misionero, coneja, sumisa: atada, cadenas, esposas, consoladores, cuero, fusta… ¡como quieras!, tú ya la conoces, sabes lo que sí, y lo que no; sus límites, fantasías y deseos; sean tan sucios como les gusta.

Cógetela… Cógetela, después hazle el amor; quédate un momento, o toda la noche, dentro de ella; no la saques, siéntela, mira cómo se recupera, inhala su respiración, observa cómo tu mujer resucita, poco a poco, lentamente. Sus mejillas están coloradas, los puntitos de sudor de la nariz resbalan; descúbrele los cabellos, que apegados tiene en el cuello, y en la cara, y luego sóplale, refréscala con tu aliento tibio, por el rostro y por los hombros, por sus pechos y axilas. Sóbale su pecho agitado, y acaríciale con el dorso de la mano.

Lámele en donde dejaste marcas, dejándole en ellas besos ligeros. Ahora salte de ella, poco a poco, suavemente, está recién cogida, por su hombre. Siente como su carne se va cerrando, tras el paso de tu sexo ya flácido; siente la mezcla de sus corridas, sus eyaculaciones. Hazlo con tacto. Tranquilízala por favor.

Salte de ella como la persona que saca la daga de alguien que ha matado sin intención; con ese miedo, con esa intriga, aunque antes le diste muy duro, este momento debe ser muy delicado, muy íntimo, con sutileza. Tal vez esté un poco lastimada, tal vez tiemble, o tenga otro pequeño orgasmo, una leve contracción, un último suspiro de vida; con ese cuidado irónico de sacar esa navaja para no lastimar a alguien que ya murió, y es que ella murió; «el orgasmo es lo más cercano a la muerte», la mataste, y a penas tu diosa recién cogida está resucitando, le saldrán flujos en abundancia, déjala así, con todo tu semen adentro, con toda tu alma adentro.

Arrópala, ponle una manta fresca en su débil cuerpo, recuerda que acaba de despertar de la muerte; cuídala, protégela. Una vez afuera, acaricia suave su vagina, pálpale con delicadeza, y si quieres hasta un beso le dejas. Huélela, siéntela, y nunca, nunca, nunca, dejes de tocarla, ya sea con las manos, o con la mirada. La penetración no solo fue en su cuerpo, sino en su alma, sino en su mente. Cuando te mire por primera vez después de haber resucitado, te sonreirá con los ojos desorbitados, ese será tu premio, tu galardón, tu trofeo.

Por estas cosas sabes que es tuya, ella se entregó a ti; alma, cuerpo, y mente, te pertenecen. Tú también eres de ella. Acércate y dale un beso en la frente y una nalgada; duerman abrazados, duerman amados. Cógetela… Cógetela, después hazle el amor.»

 

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