La parábola del amor

Versión extraída de Internet

«Cuentan que una vez se reunieron todos los sentimientos y cualidades del hombre. Cuando el aburrimiento había bostezado por tercera vez, la locura les propuso: Oigan, ¿Vamos a jugar al escondite?

La intriga levantó la cabeza y la curiosidad, sin poder contenerse preguntó ¿Al escondite? El entusiasmo saltó seguido de la euforia. La alegría dio tantos saltos que terminó por convencer a la duda y a la apatía, que nunca se interesaba por nada.

Uno, dos, treinta y cuatro, siete… comenzó a contar la locura. La primera en esconderse fue la pereza, detrás de la primera piedra del camino. La fe subió al cielo y la envidia se escondió detrás de la sombra del triunfo, que por esfuerzo propio había conseguido subir a la copa más alta. La generosidad casi no consigue esconderse, porque cada lugar que encontraba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos: Si era un lago cristalino, ideal para la belleza. Si era la copa del árbol perfecto para la timidez. Si era una ráfaga de viento, magnífico para la libertad, pero se escondió en un rayo de sol. El egoísmo en un lugar bueno desde el principio, ventilado, cómodo pero sólo para él. La mentira se escondió detrás del arco iris y la pasión y el deseo en el centro de los volcanes. Cuando la locura terminaba de contar, el amor no había encontrado lugar para esconderse, hasta que encontró un rosal y cariñosamente decidió esconderse entre sus flores.

Concluyó la locura y comenzó la búsqueda… La primera en aparecer fue la prisa, apenas a tres pasos de una piedra. Sintió vibrar la pasión y al deseo en los volcanes. En un descuido encontró a la envidia y claro, pudo deducir donde estaba el triunfo. Al egoísmo no tuvo que buscarlo, el solo salió disparado de su escondite que en verdad era un nido de avispas. De tanto caminar sintió sed y al aproximarse a un lago descubrió a la belleza. La duda fue más fácil de encontrar, estaba sentada sobre un cerro sin decidir donde esconderse. Y así fue encontrándolos a todos, al talento entre la hierba fresca, a la angustia en una cueva oscura, pero el amor no aparecía por ningún lugar. La locura buscó detrás de cada árbol, debajo de cada roca del planeta y encima de las montañas. Cuando estaba apunto de darse por vencida encontró un rosal y comenzó a mover sus ramas, entonces escuchó un grito doloroso, había herido al amor en los ojos, la locura no sabía que hacer para disculparse. Lloró, rezó, imploró, pidió perdón y prometió ser su guía para siempre. Es por eso que desde entonces, el amor es ciego y la locura siempre lo acompaña.»